La tristeza me viene cuando no tengo otra
cosa qué abrazar, cuando viene la vida con golpes que amoretonan la cara y el
alma, que atraviesan directamente a donde quiera que se guarde el sentir, esta
vez me dolió en el pecho, como hierro errante que encontró un sitio a
centímetros del corazón.
La culpa, la vergüenza por no ser lo que es
necesario ser para validarse ante sí mismo y ante él.
Yo lo juzgo y me apena. Lo juzgo y tengo la
esperanza de verlo diferente, él mismo pero diferente, verme siendo el mismo pero
abrazable, querido, besado, amado, sentido, siendo yo mismo, que amo y siento y
sangro y me duelo y lloro, sí, lloro.
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