Nahúm Andrés González
Montoya
Suplicante juntaba sus
manos,
Y eran mexicanos, y eran
mexicanos,
Eran mexicanos su porte
y su faz[1].
Estudios van y vienen,
debaten y refutan el llamado “milagro guadalupano”. En este espacio no sucederá
una revelación en torno al tema, lo bordearemos por salud mental y porque no
compete a los objetivos, que son localizar, mediante la comparación de las
imágenes, los rasgos que identifican tanto a la Virgen de Guadalupe como a la
Virgencita (un personaje caricaturesco que se ha comercializado rápida y
efectivamente), cuáles se corresponden y por qué el efecto que provocan no es
igual (aunque parece una respuesta obvia) si se trata de un mismo personaje.
Básicamente
me centraré en definir a una y otra pero desde el conocimiento que tiene la
sociedad, o un grupo social, de ellas; sin recurrir a bibliografía
especializada; todo saldrá de la representación mental y de la memoria
colectiva. Para conseguir esta supuesta definición utilizaré herramientas como
la entrevista o las encuestas, separando previamente los semas atribuibles
tanto a la Virgencita de Distroller como a la Virgen de Guadalupe.
La Virgen
de Guadalupe es sin duda una de las figuras más veneradas por los mexicanos, y
también una de las que más fronteras ha superado, tanto internacionales como
generacionales. Se esparció hacia Centro y Sudamérica, hacia el país del norte
por la obviedad de la migración y desde hace unos años ha tomado rumbos
asiáticos, aunque con fines diferentes a la fe.
Según el mito
que todo cristiano católico mexicano debería saber, cuenta que la primera
aparición de este personaje ocurrió en el cerro de Tepeyac, frente a un público
selecto e inigualable: san Juan Diego, quien en ese momento no era santo. Tenía
en su herencia sólo el calzón que llevaba puesto y un ayate que probablemente
era prestado; no poseía ni credibilidad ni fortuna. Era el elegido.
Esto
consta en cualquier libro de catecismo, que no voy citar porque el objetivo de
este trabajo es apostarle a la tradición oral, al rollo de la “generación en
generación”.
La primera
petición que la Virgen de Guadalupe hizo a Juan fue que convenciera a la gente
de construir un templo en su honor en ese lugar y dar testimonio de lo que ante
él se revelaba.
Obviamente
las palabras de Juan Diego no fueron suficientes y entonces la Morena (no la de
López Obrador, sino la virgen) tuvo que darle una prueba: le indicó que
recolectara en su ayate unas rosas que milagrosamente florecieron durante el
invierno y que las llevara ante fray Juan de Zumárraga (en aquél entonces
ostentaba un cargo importante en la Nueva España). Para sorpresa de los
incrédulos, en el lienzo de Juan Diego se manifestó la imagen que actualmente
adoran los creyentes como su patrona.
Hasta ahí
las clases ateo-históricas. Lo cierto es que la relación amor/odio o mejor
dicho conveniencia/fe permitió que el personaje mezclara parte del nuevo y el
viejo mundo y se creara así una especie de amalgama que después se convirtiera
en estandarte de los mexicanos durante el grito de Independencia. Realmente es
este mito, el que Miguel Hidalgo y Costilla empuñó la imagen de la Virgen de
Guadalupe y convocó al pueblo a pelear por “su libertad”, por lo que ahora el
mexicano promedio siente un especial apego a esta santa.
Dato
curioso es que también esté ligada a prácticas no tan apegadas a la religión
católica, es más, está estrechamente ligada a actos vandálicos y violentos y a
veces es usada como protectora de las pandillas, es el caso de los Maras
Salvatruchas, cuyos integrantes tatúan su cuerpo con representaciones de la
Virgen de Guadalupe.
Con un
panorama inmejorable, porque esto es lo que sabe la gente, además de los
cánticos y lo relacionado directamente con la fe, como la celebración del 12 de
diciembre, aparece la cara de la otra virgen, la comercial (un tanto injusto el
comentario porque parte del mito/realidad, mercadotecnia/negocio/fe/gandayez,
dice que actualmente los derechos de la imagen de la Virgen de Guadalupe los
tienen los chinos, y que el Himno Nacional Mexicano pertenece a Estados Unidos,
(¿qué nos queda entonces?), la que penetra en capas que parecían impermeables.
Amparín
(como se hace llamar la accionista mayoritaria de la cadena comercial y dueña
de la marca Distroller y todos los monigotes de la vendimia) logró superar el
uso como estandarte que se le dio a la Virgen de Guadalupe, rescató los semas
más sobresalientes de la imagen y creó la “propia”, caricaturizada. Realmente
no hizo más allá que lo que hacen artesanos, marmoleros o alfareros que tallan
el bulto para una lápida o para la fuente de algún hogar católico, porque ellos
mismos, sin saber absolutamente nada de mercadotecnia ni semiótica, pueden
identificar los rasgos más sobresalientes, como la corona, el manto, las
estrellas, las manos juntas, el ángel que la sostiene, las rosas, el halo
brillante… y a veces alternan entre cuernos y luna menguante, aquella extraña
pieza a los pies de la Señora.
La
diferencia radica, primordialmente, en a quién está dirigido el mensaje. Según
mi investigación de campo (recordemos que mis fuentes son igual de confiables
que la Wikipedia, por lo tanto las
valido ante ambas virgencitas) el principal mercado de la Virgencita son las
niñas de 10 a 15 años y las mujeres de 20 a 40. Esto porque apela a las
emociones y sentimientos, según encuestas realizadas a un grupo de cerca de 30 personas
de entre 10 y 45 años. Al ser un producto comercial, desincretizado,
desacralizado, puede llegar a un mayor público.
La
correspondencia entre ambos personajes es evidente, y a pesar de que la
relevancia es desigual, ambas son reconocidas por los compradores, sean o no
creyentes, quienes saben que una hace referencia a la otra, aunque sin
sospechar que entonces se convierte en una representación de la representación
de una aparición que no es estrictamente real, porque está basada en un mito
religioso.
Finalmente
saben que la Virgencita es la Virgen de Guadalupe, y la compran y la regalan y
la usan, pero distinto. Saben que la convención designa un lugar (iglesia,
templo, capilla) para la Guadalupana, que hay rasgos que son necesarios, como
la mirada hacia abajo a la izquierda, aunque no lo hagan conscientemente lo
reconocen; también saben realizar una plegaria, una oración, y éstas se
distinguirán por la seriedad y el sentimiento, nada que comience con
“Virgencita plis” o “hazme un favorcito porfis”.
Por qué
una mancha de aceite, la marca en un árbol, la humedad en la pared, hasta en un
hot cake, son a veces venerados como “apariciones” de la Virgen de Guadalupe,
les encienden veladores y construyen un nicho, pero a la de Distroller nadie le
reza en serio.
Será la
fe, la ignorancia o la imaginación colectiva; será el traje nuevo del rey, es
apenas una mancha informe, pero alguien ya le vio la corona, alguien más, el
halo. Otros afirman que hasta se le nota el embarazo.
Para
tratar de dar respuesta a estas incógnitas se debe indagar directamente en la
colectividad, tal vez una encuesta diseñada arroje información acerca de qué
rasgos fundamentales de la Patrona aparecen también en la caricatura, y por qué
ésta no merece los favores que los creyentes otorgan a la imagen “original”,
sin saber que probablemente es china.
A partir
de estas respuestas podría continuar con el trabajo, ya con datos confirmados,
y hacer un estimado de creyentes/no creyentes/compradores, ya sea por moda o
por fe.
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