El nacimiento del deseo se anuncia lento y sordo, para después crecer como una avalancha, como cuando se desgaja medio cerro.
Y la gente abajo, cierra los ojos y se entrega a lo que el deseo de dios sea.
Pasado el rugir de la tierra, cuando el movimiento cesa, entonces contamos los daños y pérdidas, nos persignamos y construimos sobre la misma tierra o la abandonamos.
Es muy peligroso el deseo.
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