I Vislumbro un gato: detrás de cada sombra un ronroneo. II ¿Qué mira el gato? al menor movimiento él siempre atento. III Con ágiles pies y estupendos abrigos salta ligero. IV Y pausa el tiempo el eterno vigía mientras descansa.
Al que se va se le debe decir "hasta luego" y dejarle una copia de la llave bajo el tapete, por si olvidó algo y decidió volver.
Para entonces, uno ya habrá cambiado la alfombra y comprado muebles nuevos. También sería conveniente aprender guisos diferentes, tal vez a tocar un instrumento y, desde luego, adoptar un perro; claro, hay que educarlo para que cuando el que se fue regrese, le arranque la garganta de una dentellada.
El nacimiento del deseo se anuncia lento y sordo, para después crecer como una avalancha, como cuando se desgaja medio cerro.
Y la gente abajo, cierra los ojos y se entrega a lo que el deseo de dios sea.
Pasado el rugir de la tierra, cuando el movimiento cesa, entonces contamos los daños y pérdidas, nos persignamos y construimos sobre la misma tierra o la abandonamos.
Si no lo hice fue por la culpa adelantada de un verso que no tuve, la fuerza que no tuve, las ganas que no faltaron, pero las horas (que nunca alcanzan para fines violentos), vigilaron atentas, vislumbraron el momento justo cuando acababa el sueño.
En el aire quedaron, entre pendientes y disueltos, el verso y el beso no logrados.
Necesito más. Más bocas, más ojos, más manos, más lenguas. Necesito oler más. Recorrer campos, caminos y libros. Necesito herir más. Comer más, beber más. Ya no es suficiente sólo pasear los ojos entre las líneas de tu cuerpo impuro; no basta con pronunciarte o con que pronuncies mi nombre. Quiero más. Quiero que me quieras más, quererte más, necesitarte más. Que me desees; quiero desearte. Quiero desearte. Deseo desearte.