Al gato que vive junto a mi casa, el que por las noches maúlla y llama a su gata, ¿qué castigo más doloroso que un zapatazo o un maullido sin respuesta? Lo observo desde la ventana cerrada, apenas muevo la cortina, lo observo lamerse el pelaje, relamerse los bigotes por una gata ajena y lamentarse, ¡qué semejanza dios mío, la que encuentro en este felino!
Desde que lo vigilo he notado que perdió peso, perdió el maullido, por no decir que la voz. Gato, que así lo llamo, se hace adepto a la luna y no ya a la gata, porque a la gata o se le pasó el celo o ha quedado preñada. Pero mi deseo y el de Gato, mi despecho y el de Gato, imploran por que algún perro de vecino la haya devorado, que no haya dejado ni un bigote flotante, transparente, suave, terciopelo, hilo de cáñamo quizá. Preferimos que la gata se desvanezca antes que sea de algún gato más, del gato de enfrente: entre angora y persa, entre azul y siamés, entre tache y círculo, entre traidor y buen vecino. Seguro que ahora Gato planea un suicidio, mientras, la depresión le impide comer, dormir, maullar y acicalarse, ¡qué semejanza dios mío, la que encuentro en este felino!
La gata regresó pero nosotros no la hemos visto, Gato la olió, yo me enteré por un vecino. Vive con el gato entre. Regresó con seis gatitos, pintos todos, todos pintos. La reputación de Camelia, que así se llama la susodicha, es más grande que su traición: sólo gatos de casa, sólo gatos de “raza”, gatos de cola esponjada. Tuvo gatitos variopintos, y me quedaré con uno, o dos, tal vez con todos y los querré como si fueran nuestros, nuestros, de Gato y míos.