jueves, 14 de agosto de 2008

Recordemos con los ojos húmedos y el corazón acelerado a Don Vito Corleone. Un minuto de silencio...

Visión del Jauregui

Me parece que era domingo, día de la candelaria. Para 1999 y mis 12 años de vida, el evento pasaba desapercibido. No había nada más que llamara mi atención que los tamales y el pastel, el pastel era de chocolate y los tamales, por tradición, rancheros. El verde esmeralda y el olor a manteca, el tratamiento capilar a base de merengue y los huecos en las encías taponados con gelatina de mosaico.
Tempranito, de mañana, el instinto y el reloj biológico te indica: levántate que hoy es tu día, nada te obliga a bañar o tender tu cama. Pero ese dos, el de 1999 marcaría mi vida; si hubiera ocurrido en otra fecha o en otras circunstancias, no lo recordaría de una manera tan rancia. Mi tía Sú me llevó al Jauregui.
Entramos como Centauro del Norte, por Revolución. No hizo falta la caballería para abrirse paso entre la multitud, ese ejército de amas de casa, estudiantes, boleros, marchantas, uno que otro personaje con aliento alcohólico y bajos electrolitos, y los niños que obviamente, no estaban invitados a mi fiesta; mi tía Sú utilizaba los codos para pasar a empujones entre estas filas interminables, los morrales atorados en el antebrazo y yo de su mandil (si nomás faltaba la Comodina
[1].) ¿La misión? Hojas de plátano, dos kilogramos de manteca y una buena cantidad de chile ancho, guajillo, cascabel, seco… Lo que para mí parecía sencillo (entrar, aguantar la respiración unos 15 minutos, comprar, salir.) se convirtió en la odisea de mi vida, sucede que es una mala fecha para comprar manteca y hojas para tamal.
Había entrado al mercado en dos ocasiones, para comprar rosas y para comer tortas, ambas situaciones sucedieron sin mi consentimiento, pero como el berrinche nunca se me dio muy bien, no pude impedirlo. Recuerdo los escalones a la perfección, pues decidí que la torta sería para llevar y las rosas las compró mi papá mientras yo intentaba impedir el acceso al local; y cómo olvidar el puesto de hot-cakes afuera del mercado. Mi tía Sú consideró innecesario mi esfuerzo por empujar gente fuera del edificio y el señor de los hot-cakes sólo trabajaba de noche, no había de otra.
Lo primero que me golpeó fue el olor. Olor de agua podrida, del agua que almacenan en cubetas para mantener “la frescura” de las flores, el olor de la carne vieja en las carnicerías “Ochoa”, de la sangre en los puestos de pollo ‘fresco’; también en el aire, partículas de grasa para zapatos, resistol 5000, de árnica, orégano, tomillo, de yerba del pastor, de canela, cominos, el golpe en la nariz de la ruda, de la manzanilla que amedrenta el sufrimiento; olor a perro mojado, a sudor viejo, a fruta en descomposición, a basura; el olor de la Santa Muerte, el olor de pescado que nos recuerda inmediatamente El perfume.
A pesar de estar seccionados, un pasillo para los de oficio zapatero, otro para las carnes, por allá escondido había uno dónde vendían libros, los escritorios públicos, las cocinas económicas (la leyenda cuenta que gracias a una de ésas ocurrieron los incendios, por cierto el de 1952 es considerado el más grande ocurrido en Xalapa, quesque por un tanque de gas) todos aportan reactivos para la fórmula, una nube de gases embriagantes que empujan a entrar a algunos y a huir a otros tantísimos.
Recorrimos la parte de las semillas para comprar los chiles, las carnicerías (que portan como escudo de armas una cabeza de marrano cercenada casi de un tajo y en la parte de atrás, si llegas temprano todavía el resto del cuerpo pendiendo de un gancho) para la manteca y el resto del mercado para las hojas… treinta y cinco minutos nada más en la parte de abajo, y recorrimos todos lo comercios, las torterías, expedios de verdura. Hicimos parada en la sección de “brujerías” porque mi tía Sú traía un dolor en la espalda que no la dejaba en paz, ella decía: un mal aire. Yo, que la edad. Lo cierto es que a pesar de la polución en la que se mueve la gente, todos intentan mantener limpio el lugar, en ese entonces la basura se acumulaba en un contenedor del tamaño de mi casa, que se llenaba todos los días y era desocupado cada tercero, esto le consta a las ratas y a los zopilotes (las aves, no pase usté a creé) que ahora se hayan extintos en Xalapa, sucede que durante el gobierno de (…) el presidente municipal en turno se preocupó de la plaga de roedores en el mercado, así que mandó una bola de orangutanes de Salubridad a exterminarlas, sólo que la cantidad de raticida empleada rebasó por mucho la recomendada en el empaque y como los Zopilotes se alimentaban de ratas y carroña… durante la semana siguiente a la intervención, hubo lluvia de aves negras en la ciudad y para colmo de males, las ratas curiosamente no cambiaron de domicilio.
Después de una platicadita de mi tía con su comadre Chona, y de la Coca-Cola de vidrio que tuve que tomar para calmar mi ansiedad, la naturaleza llama y la vejiga se inflama, ¡maldita la hora en que se me antojó el refresco! Peor de los baños de la primaria, porque al menos allí es gratis caminar entre orines.
La tía Sú, gracias a dios, decidió que el mercado Jáuregui le había fallado por primera vez en su vida, y con cabeza gacha, y las uñas hundidas en mis pocas carnes salimos del local. Ella, frustrada por la ausencia y la poca eficacia, yo con la naríz tan llena de “todas cuantas cosas se hallan en toda la tierra” y con ganas de volver… el estómago.
[1]Recordemos que la Comodina es la perra que salva a Juan en Los bandidos de Río frío, “la novelota” de Manuel Payno. Ésta seguro la encuentras en cualquier mercado, nivelando algún exhibidor.

tristeza


A veces cuando la vida parece brillar, y tú con ella, ocurre un giro inesperado. Sólo espero que mi vida no gire, que se mantenga tan tranquilita como siempre.

Fíjate nada más... fueron sus ojitos hermosos los que me empujaron a susurrarle alguna vez recargados en el barandal de la facultad: cuando me miran son soles, cuando no, lunas llenas con reflejos verdes. Es la Princesa caramelo. Mi princesita caramelo.

miércoles, 13 de agosto de 2008

De Ausencia y Soledad.

Para quien yo

Nahúm






De Ausencia digo: se deja tocar de vez en cuando, a veces hasta me permite abrazarla, acariciar con las uñas esa cabellera suya; con el dorso, su espalda, cintura; me deja pasar la mano a lo largo de su delgado brazo, tan firme, tan delicado, terso, suave… perfecto. Lo que no me deja es besarla. Siempre la palabra en su boca y el vacío en la mía, siempre ella una canción o un poema de amor, de soledad de extrañanza…

El color de su piel forjada al vapor, la voz tan cálida y reconfortante, la melancolía presente siempre en el brillo del barniz…

De soledad: la nada, la pura mierda apestosa que escurre de las paredes en las que me encierra. ¡Esa puta! ¡Puta, puta, puta! Estúpida mujer maloliente, tan vieja, tan corriente. No fermento, putrefacción; no belleza, esplendorosamente grotesca.

¡Puta vieja que pare hijos del pueblo! ¡Puta madre desnaturalizada que no se tienta el corazón y abandona hogares, amantes, ausencias! Nos empuja a los bares, a la mierda, a cantinas, ¡a la mierda!

¡Puta, puta, puta! ¡Quédate con alguien más! ¡Abandóname a mí también! ¡Mándame a la chingada, puta zorra revolcona!

Lo que quiero es un beso de Ausencia o de la puta Soledad. Las dos conmigo pero ninguna para mí…




Sueña, Abraza y Besa… Eternidad y sueños cálidos.